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En el porvenir de la historia, al siglo XX le quedan todavía muchos nombres por adoptar. Siglo de las grandes guerras, siglo de la técnica, siglo de la conquista del espacio. Se dijo que fue especialmente corto: empezó en la Primera Guerra y terminó en 1989, con la caída del muro de Berlín. Se dijo además que fue el siglo soviético. Por la negativa o por la positiva, la experiencia rusa del socialismo determinó la política de Occidente, y acaso del mundo entero.

 

A esta lectura de los hechos históricos puede corresponder también una lectura de los hechos literarios, si tal cosa existe. Entonces algo se vuelve visible: al menos desde los años ochenta, primero de parte de los escapados y luego por parte de pacientes herederos, se escribe en distintas lenguas la historia ficcional de ese siglo soviético desde adentro.

 

Este proceso ha desembocado en una suerte de “boom” literario que podría llamarse, simplemente, el boom postsoviético. Una de sus últimas y valiosas apariciones en la Argentina es Tal vez Esther (Adriana Hidalgo) de la premiada autora ucraniana Katja Petrowskaja.

 

Que este fenómeno se dé ante todo en Alemania no debería sorprender; ese muro que cayó estaba en Berlín, y Alemania fue en la mitad de su territorio comunista hasta hace veinticinco años. Que en el caso de Petrowskaja se dé en primera persona y trate de la historia familiar, tampoco. Es una literatura testigo.

 

Si ese boom postsoviético se afianzara, podría adquirir al menos dos “vicios” del antiguo boom latinoamericano, ya claramente pasado y enterrado a los ojos europeos: correría el riesgo del exotismo (vía la crueldad estalinista y las escaseces de la vida cotidiana), así como de convertirse en un género literario.

 

En sus primeras muestras no lo fue; basta pensar en dos autoras que empezaron a hablar de lo único que podían en los años ochenta, que era del mundo que habían dejado atrás; en francés, la húngara Agota Kristof (Hungría, 1935-Suiza, 2011) y en el alemán de los suabos del Banat, la rumana Herta Müller (1953), ganadora del Premio Nobel. Ambas contaron historias de un mundo oscuro, que como refugiadas en Occidente seguía irremediablemente siendo el propio.

 

Kristof con un francés aprendido de adulta, casi escolar, con los personajes más siniestros y fascinantes que se hayan creado en los últimos años. Herta Müller en un alemán musical y severo, que busca la poesía. No por nada estas historias están centradas en la infancia; el boom post-soviético está escrito por hijos o nietos, por herederos de algo que acaba de morir, y hay que poner las cuentas en claro con el pasado inmediato. No son siempre justos los hijos o los nietos, tampoco saben de todas las causas, pero tienen la ventaja de ser los últimos de algo y disponen por eso de la famosa última palabra.

 

La historiografía reciente traza una línea algo incierta, que constituye un gran territorio llamado Europa del Este, cuya unidad es difusa comparada con la latinoamericana, pero con el pasado soviético en común. Entre Rusia y la antigua Europa occidental, la gran franja del Este, con sus múltiples lenguas, tradiciones y religiones, parece ser hasta ahora la mejor testigo, mejor aún que los propios rusos, del siglo soviético. En este esquema, no es casualidad entonces que Katja Petrowskaja (Kiev, 1970) sea ucraniana, su lengua materna el ruso, y esa primera persona encarne a una hija del pasado soviético y a una nieta de judíos asesinados por los invasores nazis. En Tal vez Esther , todo ese carácter testimonial, sin dejar de ser literario, pasa a primer plano en la forma de una dificultad: la búsqueda de los antepasados, que incluyen muertos y sobrevivientes del Holocausto, así como del siglo soviético en sus versiones más o menos crudas, conspiraciones políticas y atentados incluidos. Como fue tematizado también por el cine (por ejemplo en la película israelí The Flat ), cuando es la generación de los nietos la que se embarca en la mítica –siempre mítica búsqueda de los orígenes, es ante todo porque la generación de los hijos ha callado o no quiso saber. Por eso, Tal vez Esther es un título programático. La duda expresada en el “tal vez” se refiere al nombre incierto de un antepasado pero también a los resultados de la búsqueda misma y del libro mismo como “documento”. Está construido con algunos de los elementos de la auto-ficción, desde lo fragmentario hasta el perspectivismo, pero quiere a toda costa saber y contar la historia de una familia judía que sobrevivió sólo en parte a las matanzas de 1941 hechas por el ejército alemán, al exilio, y al aparato de Stalin. Su pretensión es enorme, y sin embargo legítima. Está expresada con ironía en las primeras páginas: “Había pensado que para meterme en el bolsillo todo el siglo veinte bastaría con relatar la historia de esas personas que por azar eran mis parientes.” Haber juzgado que su historia familiar tenía ese poder de síntesis, y enfrentar con humor e inteligencia el desafío, es uno de los méritos del libro. El otro es su manejo algo juguetón, sensible, de la lengua alemana que en su caso no es la propia. Petrowskaja, como casi todos estos “escritores del Este”, adopta una lengua central de Europa y abandona la suya, aunque en este caso sea una de tal tradición literaria como la rusa.

 

Pero la última arborescencia de este “boom” es la visión autóctona alemana del siglo soviético. Los alemanes del Este piensan su pasado. Y esta ola abarca desde un libro curiosamente clásico y de espíritu decimonónico como La torre: sobre un país desaparecido , de Uwe Tellkamp (Anagrama), hasta el moderno y casi televisivo En tiempos de luz menguante: novela de una familia , de Eugen Ruge (Anagrama).

 

El primero retrata en casi mil páginas la fase final de la República Democrática Alemana (RDA) vista desde un barrio residencial de Dresde, con la vieja pretensión de contar hasta el último detalle “cómo fueron las cosas” en esa vida alemana ahora inexistente. El otro, también premiado, condensa en un solo tomo cuatro generaciones –es otra novela familiar y no por nada abre con un padre, viejo intelectual comunista y ya sin memoria, y un hijo que tiene que darle de comer en la boca.

 

Pero hay muchos más autores y libros que se encargan desde hace varios años de “reelaborar” el pasado del socialismo real alemán, y que van desde la ironía superadora hasta la rabiosa denuncia. O el humor, como Sugiero que nos besemos, de Rayk Wieland (Beatriz Viterbo).

 

Un caso intermedio de ambas corrientes es Sibylle Lewitscharoff. En el muy ácido libro Apostoloff (Adriana Hidalgo), esta hija de un búlgaro exiliado en Alemania durante los años cuarenta emprende un viaje, junto con una hermana como álter ego benévolo, a la Bulgaria de los años 2000, que es a su vez una exploración familiar y una inquisición malévola sobre los costos del surgimiento de las nuevas repúblicas del Este al derrumbarse el sistema soviético.

 

Lewitscharoff es hija de esa vasta emigración considerada otra de las grandes características, o los posibles nombres, del siglo que acaba de pasar. Las dos guerras mundiales, pero ante todo la Segunda Guerra, no sólo mató sino que desplazó a millones de personas por todo el mundo: el siglo de las migraciones. Entre ellos, un búlgaro que emigró a Alemania y que se suicidó sin dar mayores explicaciones para su hija alemana y escritora.

 

Katja Petrowskaja entra a tientas en esta generación de recordadores y explicadores. Tal vez Esther es un libro consciente de las limitaciones de esa búsqueda del pasado reciente y propio, y de ese lugar ya desaparecido. Y reflexiona: “Hay historia cuando de pronto ya no quedan personas a quienes preguntar, sino sólo fuentes.” La gente que podía hablar ya no está y esas fuentes nunca alcanzan para contar la historia de veras. El resultado es una saga familiar trunca, con una épica: la de la vida y la muerte de algunos, y también la de una época. Se sabe, sin embargo, que a muchos de los muertos se los llora tarde o temprano y que la historia termina entendiéndolo todo. De modo que también es posible que, tras una primera o segunda ola del boom postsoviético, llegue tarde y cansada una tercera, que rescate y cante algo de ese viejo animal del siglo veinte soviético

27 Ee junio Ee 2015 a las 22:51 Flag Quote & Reply

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